GESTIONE SU PERMISO AQUÍ

Esculturas en Madera Plaza La Tradición

Estas obras de arte se encuentran en la plaza La Tradición del barrio San Gerónimo y fueron talladas en marco del I y II Encuentro de Escultores en Madera, que se llevaron a cabo en la ciudad de Corrientes en los meses de abril y julio de 2021, respectivamente.
Las esculturas se realizaron sobre troncos de árboles Eucaliptos que se encontraban enfermos y con riesgo de caída. En ellas se plasman mitos y leyendas correntinas.

Conocelas acá:

 

Leyenda del Pombero

Escultores: Sebastian Novak – Diego Casafus

Realizada en  el 1° Encuentro de Escultores en madera ‘Mitos y Leyendas Correntinas’ – Abril 2021

El Pombero es el genio protector de los pájaros. Recorre el monte a la siesta con una caña en la mano, y si encuentra niños puestos en la tarea de cazarlos carga con ellos, para abandonarlos luego lejos de su casa, muertos o atontados.

Otras versiones, afirman que les chupa la sangre hasta matarlos y los cuelga luego de un árbol. Claro que bajo tal amenaza los gurises procuran no alejarse mucho de los ranchos en estas horas de descanso. También puede secuestrarlos en la noche, cuando andan detrás de los cocuyos.

No hace ruido al caminar, razón por la cual en algunos sitios de Corrientes recibe el nombre de Py-ragüé, o sea, pies con plumas o pies velludos.

El Pombero pía, silba, remeda el canto de las aves. Puede también metamorfosearse en indio, tronco o camalote y hasta tomarse invisible para entrar por el ojo de una cerradura.

Le gustan los huevos frescos y la miel del monte. Masca tabaco negro y suele dormir en los hornos. No faltan los que celebran con él un pacto heroico, beneficiándose con su ayuda. Pero aunque le diviertan las transmutaciones, su representación esencial es antropomórfica.

 

 

 

Leyenda de la Yerba Mate

Escultor: Claudio Kucharzuk

Realizada en  el 1° Encuentro de Escultores en madera ‘Mitos y Leyendas Correntinas’ – Abril 2021

Cuenta la leyenda, que en la espesura del monte vivía una humilde y solitaria viuda, agobiada por la tristeza que le había dejado la partida de su marido. Pasaba sus días en lo profundo del monte en soledad.

Cierto día llamó a la puerta un extraño hombre. La mujer atendió y se sorprendió al verlo. ¿Qué desea?, preguntó. Vengo a ofrecerle una infusión mágica, que sirve para unir a la gente. Basta con poner agua calentar, y logrará colmar de gente su hogar.

A la mujer le dio curiosidad y decidió hacer la prueba. Hizo pasar al hombre, y puso una gran pava de agua al fuego. El hombre sacó de su bolso unas hojas y las coloco dentro de una calabaza hueca, junto con una cañita.

Cuando el agua comenzó a hervir, exaltado el hombre exclamó ¡Mujer que no hierva el agua, que de esa forma no podrá suceder la magia! La mujer sonrojada apagó el fuego e inmediatamente pasó la pava al hombre, quien con una sonrisa grande entre sus dientes le dijo – La magia será instantánea no se asuste- y ante la expectativa de la mujer dio una probada de la infusión.

¡Delicioso!, comentó, «Si tuviera algo dulce para acompañar sería perfecto».

Repentinamente alguien llamó a la puerta. La mujer que no salía de su asombro, corrió a abrir la puerta. Era una mujer de edad, que con una sonrisa exclamó:

-Disculpe señora no suelo andar por estos lares, el paisaje me atrajo por demás y entre la espesura del monte divisé su hogar- ¿Le gustaría compartir estos buñuelos dulces que hice para la merienda? La mujer no podía creer, el entusiasmo y la alegría eran tan grandes que no dudo en hacerla pasar rápidamente.

El hombre continuó cebando la infusión y susurro –Tal vez un poco de música ayudaría- agregó el hombre y bebió un poco más.

En la puerta se escuchó un gran barullo, la sorpresa de la mujer fue aún más grande, un grupo de música se encontraba afuera y muy amablemente se dirigieron a ella:

– Buen día Señora ¿Sería tan amable de convidarnos un poco de agua y dejarnos descansar aquí? La mujer desbordada de felicidad, no pudo responder. ¡Claro si no es mucha molestia, a cambio podríamos regalarle unas dulces coplas!

La mujer exaltada exclamó ¡Adelante! Con mucho gusto pasen, pasen.

Mientras tanto, el hombre y a la señora de edad compartían la infusión llenos de alegría, se acompañaban de los dulces buñuelos. La humilde casa desbordaba alegría con la música de un festivo Chámame.

Los habitantes del pueblo, atraídos por la música se acercaban trayendo algo para compartir. Todos reunidos alrededor de una fogata, cantaban mientras compartían aquella infusión que los había reunido.

Nadie reparó mientras compartían, que el extraño había desaparecido. Dejando tras de sí la mágica infusión. Una infusión que ahora podrían utilizar cada vez que quisieran compartir y reunirse, como un símbolo de confraternidad. La mujer corrió hacia la ventana y no vio al hombre, la sorpresa fue aún mayor, en el medio del jardín flameaba un hermoso arbusto de hojas verdes resplandecientes, la mujer lo había entendido. Se había quedado feliz y agradecida por tan milagroso regalo.

El visitante, no era otro más que Tupá (el Dios del bien), y la infusión mágica, su regalo, nuestra tradicional Yerba mate.

Aquel día nació el ritual del mate, la infusión que nos invita a pensar, compartir, aliviar la soledad y unir corazones.

 

 

 

Leyenda de la Flor del Irupé

Escultor: Tomás Franzoi

Realizada en  el 1° Encuentro de Escultores en madera ‘Mitos y Leyendas Correntinas’ – Abril 2021

Hay una leyenda guaraní que cuenta el nacimiento de la flor del Irupé. Según narra, Irupé era una joven muy bella, que amaba a la luna y la veía como un muchacho hermoso. Trepaba a los árboles para extender sus brazos lo más alto que estuviera a su alcance y de esa manera tratar de abrazar a su amor imposible. También subía a montañas y peñascos, todo lo que hiciera falta para conquistarlo. Como nunca llegaba, la joven guaraní enloquecía lentamente.

Una noche, Irupé vio su imagen reflejada en el río y notó que detrás de ella, pero muy cerca, estaba la luna. Se tiró al agua para poder, por fin, tener a su ser amado en los brazos. Se hundió y las corrientes se la llevaron. Nunca más regresó. Tupá, el dios del bien para los guaraníes, se compadeció de ella y la convirtió en una planta con forma de luna, enorme y majestuosa, que siempre mira hacia el cielo, conectándose con su amor ideal. De noche, cuando lo tiene al alcance, guarda sus flores, pero de día, cuando no puede verlo, las despliega para lograr que, al caer la tarde, su amor vuelva por ella, encandilado por su belleza.

 

 

El Lobizón

Escultor: Juan Carlos Nauzneris

Realizada en  el 1° Encuentro de Escultores en madera ‘Mitos y Leyendas Correntinas’ – Abril 2021

La leyenda dice que el lobizón es el séptimo y último hijo de Tau y Kerana, en quien sobrecayó la mayor maldición que pesaba sobre sus progenitores (esto último, según la Mitología Guaraní), que en las noches de luna llena de los Viernes; y/o Martes se transforma en un “animal” que mezcla las características de un perro muy grande y un hombre (otras veces, también, mezcla las características de un cerdo).

Para la transformación, el maldecido, comienza sintiéndose un poco mal; por ejemplo comienza sintiendo dolores y malestares, luego , presintiendo lo que va a venir, busca la soledad de un lugar apartado, como la partes frondosas del monte, se tira al suelo y rueda tres veces de izquierda a derecha, diciendo un credo al revés.

El hombre-lobisón se levanta con la forma de un perro inmenso, de color oscuro que va del negro al marrón bayo (dependiendo del color de piel del hombre portador de “la maldición” ), ojos rojos refulgentes como dos brasas encendidas, patas muy grandes que son una mezcla de manos humanas y patas de perro, aunque otras veces, también tienen forma de pezuñas y que despide un olor fétido, como a podrido.

Luego se levanta para vagar hasta que caiga el día. Cuando los perros notan su presencia le siguen aullando y ladrando, pero sin atacarlo, por donde vaya. Se alimenta de las de heces de gallinas (por eso se dice que cuando el granjero ve que el gallinero está limpio, es porque el lobizón anda acechando por el lugar), cadáveres desenterrados de tumbas y de vez en cuando come algún bebé recién nacido que no haya sido bautizado.

El lobizón es reconocido porque: Son hombres flacos y enfermizos, que desde niños, fueron personas solitarias y poco sociables. Cae siempre en cama enfermo del estómago los días después de su transformación.

El hechizado vuelve a su forma de hombre al estar en presencia de su misma sangre, así, al ser cortado, recuperará su verdadera forma. Pero se vuelve enemigo a muerte de quien descubre su sagrado secreto y no se detendrá hasta verlo muerto. 

 

 

 

Leyenda de la Flor del Ceibo

Escultor: Roberto Svanotti

Realizada en  el 1° Encuentro de Escultores en madera ‘Mitos y Leyendas Correntinas’ – Abril 2021

Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños… Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad.

Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.

El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera. La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.

Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

 

Leyenda del Pez Dorado

Escultor: Rafael Varisco

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

Esta leyenda tuvo lugar a orillas del Río Paraná, allí vivía una humilde familia indígena. Esta familia se componía de muchos hijos pequeños que crecían sanos y felices, gracias a la dedicación y los esfuerzos de sus padres. Sin embargo, había un hijo de nombre Angaa que en vez de estar agradecido por todo lo que hacían sus padres por todos ellos, nunca estaba conforme sino que más bien tenía una actitud de querer más y más.

Transcurrieron los años y la familia siguió para adelante, se ayudaban entre sí y colaboraban. Inclusive en sus tratos con los demás, se hacían querer y eran muy valorados en el entorno de aquel lugar. Pero Angaa se distinguía por hacer lo contrario, solo pensaba en él y en obtener más riqueza sin importar como las conseguía.

Su actitud egoísta le impedía colaborar con sus padres y hermanos, no le interesaba para nada los demás y así lo demostraba con los suyos. Su ambición no lo dejaba ver, solo estaba enfrascado en obtener más oro y el brillo lo cegó completamente.

 Su ambición creció tanto que fue en busca de todo el oro del mundo, de hecho quiso adueñarse de todo el oro que había, su afán desmedido lo hacia amontonar el oro y lo veneraba. De todas maneras, siempre estaba insatisfecho y nada lo llenaba.

 Claramente no tenía en cuenta a nadie y mucho menos respeto por otros, hasta el grado de ni siquiera acordarse del Dios Tupá. En cambio los indígenas lo veneraban y atribuían a esta deidad como la creadora de la luz y el universo, quien tenía su morada en el Sol como fuente de energía y luz.

Como es de esperarse el Dios Tupá observaba el egoísmo de Angaa y ya no lo toleraba, así que un día actuó con voracidad y lo castigó. Cansado de verlo amar el oro y su brillo, le grito del cielo diciendo:

¿Quieres oro?…

Entonces Tupá afirmó: En oro te convertiré y fundió en oro el cuerpo de Angaa para siempre, arrojándolo al río…

Así nace la leyenda del Pez Dorado, un pez siempre hambriento y al que todo le resulta poco…

 

 

 

La leyenda del “Martín pescador”

Escultor: Sebastián Novak

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

Sucedió hace muchos años, que un muchachito llamado Martín motivado por sus éxitos como pescador, se atrevió a desafiar la voluntad de su madre: se dirigió sin permiso al río, a pocos metros de un gran remanso.

Su madre, al darse cuenta de la ausencia del hijo, se dirigió a la costa. Al llegar, su alma se estremeció horrorosamente al ver a su hijo agarrado de un tronco que giraba en el sentido de un gran remolino. Sin dudarlo se tiró al agua, al tiempo que su hijo clamaba para que no lo hiciera.

Su amor de madre pudo más que la fuerza del río y terminó engullida por el remolino. Martín, mirando como desaparecía su madre, vio como el dios Tupá lo miraba desde abajo del agua, condenándolo a vagar y seguir el curso de los ríos, en los que podrá pescar por siempre aunque lamentando a su madre con el graznido del ave que conocemos como Martín Pescador.

 

 

 

Leyenda del Surubí

Escultor: Juan Carlos Nauzneris

 

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

Ignacio y Ramón eran vecinos y compadres. Sus ranchos estaban situados a escasa distancia y sus familias compartían una nueva amistad. Eran hombres de isla, conocían todos los secretos de la naturaleza, y estaban compenetrados con el río y el paisaje.

Daban importancia a los cambios de la luna, intuían las crecientes y las bajantes de las aguas, tejían las redes y tendían espinales. Eran sabios para los encarnes y, además, unían sus voces para discutir por el precio del pescado con los acopiadores.

Los acercaba una amistad basada en el respeto mutuo y largos años de pequeñas dichas y frecuentes pesares. Una mañana Ignacio estaba reparando su canoa, cuando vio que algo extraño se aproximaba hacia la costa en un camalote que era arrastrado por las aguas.

Intrigado, observó con atención. Y cuando la planta estuvo cerca, comprobó que aquel objeto «extraño» que había despertado su atención no era otra cosa que un sombrero.

Casi sin pensarlo, Ignacio se arrojó al río. Nadando, llegó hasta la planta acuática y echó mano al sombrero.

Retornó a la costa y lo examinó con detenimiento. Fue entonces cuando, con gran júbilo, comprobó que la base de la copa de aquel sombrero pajizo era de cuero de yuguareté.

Se sintió feliz, pies desde niño había escuchado decir que el cuero del felino daba poder, fuerza y sagacidad, a quien lo tuviera. Entonces, corrió hasta el rancho a mostrar su «tesoro».

Mientras tanto, Ramón, que había oído las expresiones de admiración y los comentarios de todos, se acercó al rancho de su amigo para averiguar que sucedía.

Al ver el sombrero, lo invadió una rara sensación: en vez de alegría, sintió rabia; de pronto la envidia esparció en su espíritu, ahogándolo de amargura.

Desde ese momento, todo cambió, Ignacio se ufanaba con inocencia de su posesión y Ramón sentía un oscuro rencor. Se preguntaba por qué aquel día se había quedado en el rancho reparando una red: de no haberlo hecho, el sombrero ahora sería suyo. Esto le hacía pensar que el siempre tenía mala suerte.

Su carácter se volvió huraño y largos silencios enmudecieron sus labios: en tanto, un irracional deseo de venganza lo embargaba.

En cierta oportunidad, Ignacio le propuso navegar río arriba y acampar por dos o tres noches para cazar lobitos de río. Ramón se negó al principio, pero finalmente aceptó. Cargaron la canoa con provisiones, escopetas, facones y cuchillos especiales para cuerear a los animales. Tampoco olvidaron llevar una pértiga de caña tacuara para bordear los malezales costeros.

Una vez que remontaron el río hasta encontrar el sitio adecuado, acamparon. Construyeron rápidamente un bendito y luego colocaron trampas. Esperaron un tiempo prudencial y, por la noche, fueron a verlas. El resultado fue óptimo para Ignacio que había capturado quince ejemplares. Estaba eufórico pensando en el dinero que obtendría por la venta de los cueros que eran muy apreciados y que se pagaban diez veces más que el de las nutrias.

Sin embargo, Ramón no tuvo la misma suerte, sólo capturó uno. El despecho le hizo pensar que la piel del yaguareté del sombrero de Ignacio convocaba fuerzas mágicas que beneficiaban a su poseedor.

Ciego de ira, comenzó a beber y a provocar al amigo. Ignacio soportó callado los insultos, pero al recibir uno que lo lastimo su honor, no pudo contenerse y se trabaron en lucha.

Cayeron rodando por la barranca. Y en un momento dado, Ramón abrió con su facón una profunda herida en el cuerpo de Ignacio. La sangre emergió como una catarata. Pero ni siquiera esto lo tranquilizó, su obsesión por arrebatarle el sombrero. Lo intentó, pero el otro lo tomó entre sus manos y lo apretó con esfuerzo sobre humano, antes de morir.

Enloquecido, Ramón tiró con fuerza y logró quitárselo de entre las manos yertas, casi petrificadas. Mas al hacerlo, cayó al río abrazado al sombrero.

Dios; para castigarlo, lo convirtió en un pez sin escamas: el surubí. Este tiene manchada la piel como la del cuero que provocó la tragedia. Y dicen que caza de noche para pasar desapercibido, ya que conserva la vergüenza por el injusto crimen que cometió aquella noche lejana.

 

Leyenda Yaguareté Avá

Escultor: Tomás Franzoi

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

La leyenda cuenta que se trata de brujos que mediante el uso de un cuero de jaguar y sahúma con plumas de gallina serían capaces de desprenderse de sus pieles y transformarse en una criatura mitad jaguar y mitad humano. En un matorral se empiezan a revolcar de izquierda a derecha sobre el cuero, rezando un credo al revés mientras cambian de aspecto. Salen entonces de caza, y ya devorada la presa, retornan a su forma primitiva, realizando la- misma operación, pero ahora en sentido inverso (es decir, de derecha a izquierda).

Supuestamente las extremidades corresponden a un ser humano mientras que la espalda es ancha y sin pelo. Se lo describe normalmente como un yaguareté de rasgos comunes con una dimensión mayor y un carácter asesino. También se le da la característica de carencia de pelo en la frente y una cola muy corta o incluso sin cola. Se alimenta de carne humana, de mula o de vaca. Era muy temido ya que supuestamente saqueaba los ranchos, por lo que se consideraba un animal nefasto, secuestraba y obligaba a las mujeres jóvenes a limpiarlo. Si uno es capaz de quitarle el cuero y escupirle tres veces en la cara el brujo queda ciego y vulnerable a un ataque. Al morir toma de inmediato forma humana (similar o parecido al Nahual de la mitología y el folclore de Mesoamérica). Para matarlo se necesitan balas o un machete que hayan sido bendecidas, tras matarlo debe de decapitarse3​.

Dado que el yaguareté es un gran cazador solitario, exclusivamente carnívoro, captura y consume pequeños roedores, pecaríes, corzuelas, carpinchos, pacas, coatíes y yacarés. Además es el único que puede enfrentar con éxito al poderoso tapir.

 

Leyenda La Tijereta

Escultor: Roberto Svanotti

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

Eíra había sido siempre buena, excelente hija y laboriosa y diligente en sus tareas, por lo que Tupá llevó su anga (alma) al cielo. Allí creó para albergarla un pájaro de plumaje negro, con la garganta, el pecho y el vientre blancos. Omitió los matices alegres y brillantes considerando que su vida había sido humilde, opaca y oscura, aunque llena de bondad y sacrificio.

Cuando Tupá hubo terminado su obra, Eíra se miró y miró a Tupá como intentando pedirle algo. El Dios bueno, que conoció su intención, dijo para animarla:

-¿Qué deseas, Eíra? ¿Qué quieres pedirme?

Conociendo la amplia bondad de Tupá, comenzó humilde y avergonzada a pedir… ¡ella que jamás había pedido nada!

-Tupá… Dios bueno que complaces a los que te aman y respetan… yo desearía…

-¿Qué es lo que quisieras, Eíra?

-Tú sabes que durante toda mi vida sólo al trabajo me dediqué y quisiera tener un recuerdo de lo que me ayudó a vivir…

-Dime, entonces… ¿qué es lo que deseas?

-Yo desearía tener una tijerita que me recordara la que tanto usé en mi vida en la tierra y que contribuyó a que sostuviera a mi madre…

Encontró Tupá muy de su agrado el pedido de la muchacha, por la intención que lo inspiraba, y tomando las plumas laterales de la cola las estiró hasta dar a la misma la apariencia de una yetapá, como lo deseara la costurera, otorgándole, además, la propiedad de abrirla y cerrarla a su voluntad, tal como hiciera durante tanto tiempo con la de metal con que cortara las telas.

 

Leyenda Moñai

Escultor: Adriana Pantanali

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

 

Este ser tenía el cuerpo de una serpiente con cuernos verdes, sus dominios son los campos abiertos. Puede subir a los árboles con gran facilidad y se descuelga de ellos para cazar a las aves con las que se alimenta y a quienes domina con el hipnótico poder de sus antenas. Es por ello que también se dice que es el señor del aire.

Moñái era aficionado al robo y ocultaba todos los productos de sus fechorías en una cueva. Los continuos robos y saqueo de las aldeas provocaban gran discordia entre la gente que se acusaba mutuamente por los robos y las misteriosas «desapariciones» de sus pertenencias.

Reunidos en una asamblea deciden que poner fin a las fechorías de Moñái y sus hermanos. La hermosa doncella Porasy se ofrece a llevar a cabo dicha misión. Para ello convence a Moñái de que se ha enamorado de él y que antes de celebrar sus nupcias quiere conocer a sus hermanos.

Moñái la deja al cuidado de Teyú Yaguá y parte a buscar al resto de sus hermanos: Mbói Tu’i, Jasy Jateré, Kurupí, Luisón y Ao Ao. Cuando por fin los trae consigo, comienzan los rituales de la boda. La caña circula entre los hermanos a raudales. Pronto éstos quedan completamente ebrios. En ese momento Porasy trato de salir de la cueva que estaba tapada con una enorme piedra.

Moñái advierte el movimiento y saliendo de la penumbra envuelve con su cuerpo de serpiente el cuerpo de la doncella tirándola nuevamente al fondo de la caverna. Porasy alcanza a dar la voz de alarma a su gente que la estaba esperando afuera y sabiéndose perdida les ordena que quemen la cueva, aún con ella adentro. Luego encendieron el fuego y los horribles monstruos se empezaron a quemar y todos los que quedaron adentro murieron incluyendo Porasy.

 

La leyenda del carpincho y su fidelidad en el amor

Escultor: Francisco Aguirre

Realizada en  el 2° Encuentro de Escultores en madera ‘Animales mitológicos Correntinos’ – Julio 2021

“El rey del estero” según acuña su traducción del guaraní, alude su leyenda a un mariscador de los Esteros del Iberá junto a su esposa. Hoy es uno de los animales más simbólicos de la provincia.

El roedor más grande del mundo tiene su tierra preferida y más reconocida en el interior de Corrientes, en los Esteros del Iberá. Y su historia, según se la cuenta, tiene que ver con un mariscador que vivía en un pobre tacurú de adobe y paja cerca de los esteros.

Cuenta la leyenda que Don Martín López era un hombre rudo y fuerte, de piel curtida por los soles, las lluvias y los vientos. Se desarrollaba como mariscador y vivía junto a su mujer en un pequeño rancho construido de tacurú de adobe y paja.

Había construido junto a su rancho un pequeño depósito -rústico y precario- para el acopio de los productos de su faena. Allí se podían encontrar desde cueros de yacaré y de víboras de diversos tipos, hasta plumas de garza.

Cada tanto, Don Martín, cargaba su canoa con sus cueros y sus plumas, y los llevaba a vender a los compradores que venían para ese fin desde los centros poblados. Con el dinero que ganaba corría hasta el boliche y hacía su provista, llevándole a su patrona: harina, grasa, almidón, fideos, yerba, azúcar. Sin embargo, antes se quedaba a saborear con los amigos unas copitas de caña mientras se jugaba unos partidos de truco.

Un día volviendo a su rancho en su canoa por el estero, se levantó un viento fuerte, y como la canoa venía demasiado cargada de provisiones, al chocar con un embalsado dio una vuelta campana, golpeando al hombre en la cabeza. Su cuerpo se hundió rápidamente y quedó atrapado entre las raíces y tallos de las plantas del estero, pereciendo ahogado.

Su mujer se afligió mucho cuando la noche cayó sin que su marido regresara y tomando una lámpara de aceite salió a buscarlo. El fuego volvió a jugar su papel y la golpeó brutalmente, tirándola al suelo, desmayada. La lámpara salió despedida por los aires y fue a destrozarse contra el tronco de otro árbol, haciendo que el fuego tomara el cuerpo enseguida entre la maleza seca y la paja que la circundaba.

El viento siguió soplando su furia descomunal hasta más de medianoche. Cuando las luces de la aurora empezaron a colorear de rosa el cielo sobre el estero, del agua apareció un roedor nunca visto, de piel gruesa y resistente dirigiéndose hacia el sitio que se había incendiado la noche anterior. Allí se encontró con su hembra y juntos se dirigieron hacia un sector montuoso del estero.

Cuenta la historia, y dicen los del lugar, que esos animales eran las almas de Don Martín y su cuña, que la piedad de Ñandé Yara los transformó en un nuevo animal llamado “el carpincho”.